Formas de producción

La especie humana ha dejado una profunda huella en el planeta que habita gracias a una poderosa combinación de dotes de adaptación a distintos hábitats y a una extraordinaria eficacia en la producción y aprovechamiento de los recursos. Desde los tiempos prehistóricos se han acumulado los inventos útiles para el desarrollo humano: el dominio del fuego, la rueda, el arado, las técnicas agrícolas y ganaderas, etc.

En los últimos siglos, esta dinámica se ha acelerado con una rápida proliferación de descubrimientos científicos y aplicaciones tecnológicas. La competencia entre grupos humanos, a veces pacífica pero a menudo inspirada por guerras y conflictos en la lucha por los recursos, ha auspiciado una verdadera explosión de la ciencia, la tecnología y la producción en sus diversas formas. Pueblos amigos y enemigos han terminado por beneficiarse de los hallazgos de sus vecinos, contribuyendo mutuamente, en su colaboración o con su enemistad, a alimentar el círculo de una creciente innovación tecnológica y productiva.

La revolución industrial que alcanzó su apogeo a partir del siglo xviii supuso un nuevo impulso de gran envergadura en este proceso. Las soluciones encontradas en la organización del uso de la energía y el transporte se acompañaron del dominio de técnicas como la electricidad, la metalurgia y la fabricación de nuevos materiales. Ya en el siglo xx, esta tendencia se acentuó con una nueva «revolución» de la informática, las telecomunicaciones y la biotecnología.

Esta historia de la mejora en las formas de producción ha estado jalonada de conflictos sociales y éticos, resueltos finalmente con el asentamiento de modelos económicos más o menos establecidos. No obstante, la situación actual mueve a la reflexión en varios aspectos capitales. Por una parte, la tecnología y la organización científica del trabajo han propiciado una distancia muy notable en las economías y la forma de vida de distintos pueblos. Esta «brecha tecnológica» promueve un desigual reparto de los recursos naturales e industriales y profundas diferencias entre las comunidades y los países de distintas regiones del globo.

Los modelos de producción actuales poseen un carácter industrial basado en el consumo y transformación de energía procedente de combustibles fósiles. En la imagen, plataforma petrolífera.

Por otra parte, la extensión de los modelos de producción industrial ha impulsado un consumo acelerado de los recursos del planeta, en particular la energía procedente de combustibles fósiles, que está en la base de varios enfrentamientos armados recientes. Como consecuencia derivada de esta forma de industrialización, el planeta en conjunto se ve hoy día inmerso en un proceso de calentamiento global inducido, al menos en parte, por el hombre. El devenir del proceso es incierto para el desarrollo de la propia especie humana.

Procesos productivos y formas de producción

Desde un punto de vista general, se denomina producción a la actividad económica de la que se sirve el hombre para transformar unos bienes en otros más adecuados para sus necesidades en un momento dado. De este modo, la idea de producción va ligada al concepto de transformación, de conversión de una materia en otra. Es, por tanto, un proceso que persigue la obtención de un producto específico a partir de un material de partida.

Entendida como un proceso, la producción se compone de tres elementos principales: entradas, o materiales de partida que constituyen los insumos destinados a su transformación; operaciones, o las distintas etapas del proceso que llevan a la conversión de los materiales de partida, y salidas, que son los productos finales del proceso. De esta forma, un proceso productivo puede definirse como el conjunto de las operaciones que constituyen un ciclo de transformación de los materiales en productos.

Las entradas de un proceso productivo pueden ser de varias clases. Por un lado se encuentran los recursos naturales o bienes aprovechables que no pueden ser producidos por el hombre sino que se obtienen del medio natural. A ello se añaden el trabajo humano y, en otro contexto, las aportaciones de la tecnología.

La idea de producción va ligada a la transformación de una materia o producto en otro. En la imagen, interior de una fábrica papelera, industria especializada en la transformación de pulpa de madera en papel.

Definida en términos generales como el conjunto de las teorías y las técnicas que permiten un aprovechamiento práctico del conocimiento científico, la tecnología puede entenderse desde un punto más estricto como un componente esencial de la producción: sería así el conjunto de los instrumentos y procesos, como máquinas y herramientas, que se emplean para obtener un producto determinado. Así pues, recursos naturales, trabajo humano y tecnología son insumos del proceso de producción.

Actualmente, el producto resultante de las operaciones productivas puede ser tanto un bien material como un servicio. Ambos tipos adquieren la condición de mercancías, que en las complejas sociedades modernas exhiben características propias de un producto con valor de uso (aptitud para satisfacer una necesidad) y, también, con un valor de cambio (objeto que puede usarse para realizar intercambios, como la moneda).

El producto resultante de la producción posee un valor de cambio que, en las sociedades modernas, se expresa mediante su precio. Su adquisición deviene por tanto en un intercambio: la mercancía por la moneda.

Tal y como se ha indicado, los procesos productivos están constituidos por una sucesión de fases o etapas de la actividad en cuestión. Es posible encuadrarlos dentro de un contexto más general en los denominados sistemas de producción, o modalidades por las cuales se consigue la transformación de materiales iniciales en productos.

Producción continua e intermitente. Básicamente, cabe distinguir dos clases principales de sistemas de producción: continua e intermitente. En la primera, los materiales de partida se reciben de los proveedores, se almacenan temporalmente y a continuación se hacen pasar al proceso productivo. En esta fase siguen un itinerario fijado previamente que permite la transformación de los materiales en productos según un procedimiento rutinario y de alimentación permanente.

Los sistemas de producción continua se utilizan cuando ha de satisfacerse una demanda sostenida y previsible, de manera que la producción se realiza ininterrumpidamente. Algunos procesos de estas características son los de refinado de petróleo o la producción alimentaria.

Dependiendo del tipo de demanda, se emplea uno u otro sistema de producción. Los sistemas de producción continua (como el de la imagen), se utilizan ante demandas sostenidas y previsibles.

En cambio, en la modalidad de producción intermitente, las demandas del producto final no son suficientemente altas como para exigir un abastecimiento permanente. En tal caso, se elaboran lotes de productos cuya obtención se realiza de forma simultánea o alternativa con lotes de otros productos diferentes, de manera que se pueda optimizar la distribución de los recursos destinados a la elaboración. Así sucede, por ejemplo, en la fabricación de piezas de electrodomésticos.

Comúnmente, los sistemas de producción intermitente necesitan una mano de obra más cualificada que los de producción continua. Por este y otros motivos, la obtención de los productos es también más costosa en el primer caso.

Sectores productivos. Aunque en algunos tratados económicos se han preferido clasificaciones alternativas, tradicionalmente se ha dado en dividir la producción ligada a las actividades humanas en tres grandes sectores: primario, secundario y terciario. El sector primario corresponde a la obtención de bienes no elaborados denominados genéricamente materia prima. Así sucede, sobre todo, en el aprovechamiento de los recursos agropecuarios: por ejemplo, la producción de algodón en fibra a partir de la planta, del trigo de las espigas de cereal o del mineral en bruto a partir de la mena. Agricultura, ganadería, explotaciones forestales, caza, pesca y extracción mineral constituyen los rubros principales del sector primario.

Por su parte, el sector secundario comprende aquellas actividades económicas que permiten la transformación de las materias primas en productos elaborados, como tela de algodón, harina de trigo, hierro, etc. Este sector se llama industrial y suele tener la fábrica como centro primigenio de producción. Los subsectores más habituales del sector secundario son la construcción, la industria manufacturera, la metalosiderúrgica, la producción de gas y electricidad, etc.

Finalmente, el sector terciario corresponde a las actividades que no producen un bien en sí, sino una prestación o servicio. Tales son, por ejemplo, el comercio, el transporte, la educación, el turismo, la industria del ocio o la venta al por menor. El terciario se ha dado en llamar sector «suave» de la economía y colabora con los dos anteriores para impulsar el desarrollo económico.

Producción artesanal e industrial

En el transcurso de la historia humana, el proceso productivo ha evolucionado con el progreso de los conocimientos científicos y técnicos a través de dos fases fundamentales: la artesanía y la industria. La aparición de los primeros artesanos se remonta a los tiempos prehistóricos, como atestiguan los vestigios arqueológicos de la época. Utensilios de piedra y, más tarde, de metal se complementaron con objetos de cerámica y otros materiales, comúnmente asociados a prácticas de supervivencia, caza y conservación de los alimentos.

El largo periodo artesanal de la producción humana se distinguió por la elaboración predominantemente manual, en ocasiones con ayuda de algunas herramientas y máquinas rudimentarias, de productos a pequeña escala para consumo propio o de la familia o para la venta o el intercambio con carácter restringido. Como rasgos distintivos, los artesanos formaban parte tradicionalmente de grupos o linajes familiares, de manera que cada persona conocía los procedimientos de obtención de cada objeto y las técnicas de su ejecución.

Progresivamente, la mejora de las posibilidades tecnológicas asociadas a la producción llevó a una especialización gradual de los artesanos ya no en productos completos finales, sino en elementos individuales de los mismos. Esta descomposición del proceso productivo en etapas llevó finalmente a una forma de producción industrial que, a diferencia de la artesanal, obligaba a una cierta concentración de las personas que intervenían en ella.

El arquetipo de centro de producción industrial es la fábrica. Ésta surgió propiamente al abrigo de la revolución industrial del siglo xviii, de manera que reunía a los distintos grupos de trabajadores especializados en distintas fases del proceso productivo. Una cadena de montaje típica sirve para ejemplificar algunas características esenciales de la producción industrial: cada operario se encarga de una faceta del conjunto, pero a menudo desconoce las operaciones necesarias en fases diferentes a aquéllas en las que se ha especializado.

La producción industrial se basa así en una concatenación o realización simultánea de distintas etapas del proceso global, frecuentemente con un alto grado de especialización y automatización. Los productos obtenidos pueden servir para el consumo final por parte de los usuarios o, por el contrario, como materias primas de otros procesos productivos ulteriores.

La industria ofrece un rendimiento muy superior para la producción de artículos a gran escala. En un mundo superpoblado como el actual, aporta la única alternativa viable para suministrar alimentos elaborados, vestido, energía, transporte y demás bienes y servicios a una población numerosa. Tanto es así que la industrialización se ha constituido en un elemento esencial del desarrollo económico de los territorios y las sociedades, de manera que a menudo se usan como sinónimos los términos «país industrializado» y «país económicamente avanzado».

Se pueden distinguir dos tipos de producción básicos a lo largo de la historia: el artesanal, en el que predomina la elaboración manual o con máquinas simples, y el industrial, caracterizado por la fábrica y la maquinaria compleja.

Se pueden distinguir dos tipos de producción básicos a lo largo de la historia: el artesanal, en el que predomina la elaboración manual o con máquinas simples, y el industrial, caracterizado por la fábrica y la maquinaria compleja.

Ello no obstante, la artesanía ha mantenido alguna importancia en determinados ámbitos de la producción, en particular aquellos que valoran la calidad del producto único elaborado con las manos, con el tiempo y la dedicación debidos de una persona muy conocedora de su oficio. Los mejores instrumentos musicales de cuerda, como los violines, son objetos artesanales. También lo son las piezas de alfarería y cerámica más reconocidas, las joyas engastadas, las piezas de orfebrería e incluso ciertas prendas de vestir.

Por su parte, la industria resulta insustituible en la producción de bienes y servicios a gran escala, como automóviles, vestidos, alimentos elaborados, bienes de maquinaria y equipo, productos médicos y farmacéuticos, etc. Como rasgo diferencial, los procesos industriales requieren de forma ineludible una forma de organización científica del trabajo que permita optimizar su uso de materias primas, sus operaciones y sus procedimientos tecnológicos.

Organización del trabajo

La división del trabajo es fundamental para aprovechar de manera óptima los recursos y operaciones de un proceso productivo. En particular, resulta un principio básico de la industria, donde se asigna a cada trabajador o máquina especializados la realización de una fase específica dentro de la actividad global de fabricación.

En esencia, la división del trabajo consiste en fragmentar el proceso productivo en una serie de fases separadas que actúan coordinadamente para obtener el producto final. Esta división requiere la definición de unas normas de calidad preestablecidas que permitan que el producto intermedio resultante de cada fase resulte aprovechable como entrada de la fase siguiente. Por ejemplo, si en una cadena de producción una fase consiste en la fabricación de tornillos, éstos han de tener las dimensiones y características especificadas de manera que puedan encajar perfectamente, en una fase ulterior, en la rosca o la tuerca de otro elemento elaborado con posterioridad.

La producción fabril se basa en la distribución del trabajo tanto en su ejecución como en el tiempo. Este sistema, conocido como taylorismo, se aplicó en algunos sectores industriales pero su rigidez y mecanicismo fue duramente criticado. En la imagen, vista de una fábrica alimentaria en la que se observa la producción en cadena y los distintos espacios para la ejecución de la tarea.

La división del trabajo mejora la velocidad de producción, el rendimiento y la eficacia. Como contrapartida, requiere una organización eficiente, una jerarquía del trabajo y la definición de normas de calidad de obligado cumplimiento. Esta organización pretende evitar que se cometan errores y acciones dolosas que puedan perjudicar el rendimiento o incluso la viabilidad del proceso industrial.

Taylorismo y fordismo. El éxito de la industrialización en los países del hemisferio occidental durante la edad contemporánea llevó a la búsqueda de procedimientos que permitieran normalizar y optimizar las actividades económicas. Una de las aportaciones esenciales en este contexto fue la debida al ingeniero estadounidense Frederick W. Taylor, quien en la década de 1910 definió los principios fundamentales de lo que daría en denominarse organización científica del trabajo.

Los principios de la doctrina de Taylor, conocida genéricamente como taylorismo, se sustentan en dos ejes conceptuales básicos: la separación de la programación del trabajo y su ejecución y el control estricto del tiempo que ha de dedicarse a la terminación de cada tarea. Desde esta forma, persigue un máximo rendimiento de la actividad productiva a través de una división máxima de las funciones que han de realizarse y una especialización muy elevada de los trabajadores.

El taylorismo hizo surgir una nueva figura que cobraría gran importancia en los sistemas industriales: el ingeniero de producción, cuya responsabilidad consistía en decidir el modo de ejecutar cada función. Además, este ingeniero debía establecer por medios científicos el tiempo necesario para la realización de cada tarea.

El modelo taylorista alcanzó su máxima eficiencia en las primeras décadas del siglo xx, cuando la sucesión de conflictos bélicos de gran envergadura y la afluencia masiva de mano de obra no especializada a las ciudades y los centros fabriles obligaba a disponer de «cabezas pensantes» que organizaran el trabajo. De esta forma, los trabajadores se convertían en meros ejecutores de las funciones encomendadas, con escasa o nula participación en el diseño o la modificación del proceso productivo.

La irrupción del taylorismo como una «ciencia del trabajo» dejó al margen la figura del artesano o el obrero primitivo, que decidían personalmente el tiempo que habían de dedicar a cada tarea. Sin embargo, los estudios teóricos sobre este modelo industrial fueron descubriendo algunas carencias en el mismo, en particular las relacionadas con esta rigidez en la consideración del trabajador como un mero instrumento mecanicista de la producción. Precisamente, una de las principales críticas vertidas en contra del concepto taylorista provenía de su exclusión por principio de las cualificaciones profesionales y de la iniciativa de los trabajadores para mejorar los procesos en los que participaban.

Se necesitaba, por tanto, una modernización de este concepto un tanto estricto que no alcanzaba, por su propio constreñimiento, el objetivo que se había propuesto: un aprovechamiento óptimo de los recursos en la producción. La respuesta vino de la mano de otro estadounidense, el industrial Henry Ford, que aplicó su teoría en una exitosa planta de producción masiva de automóviles. La idea esencial del sistema de Ford, llamado fordismo, consistía en incorporar a los principios del taylorismo una nueva figura: la del obrero especializado.

El fordismo se acompañó de un cambio de diseño en la planta industrial que derivó en los procesos de producción en cadena. Estos procesos permitían una mejor circulación de la mercancía, con el consiguiente ahorro en el consumo de recursos y, también, en el tiempo de elaboración. La cadena de montaje, quintaesencia del fordismo, revolucionó los sistemas productivos y mantuvo su vigencia, aun con sucesivas modificaciones, hasta finales del siglo xx.

Henry Ford modificó el sistema propuesto por Taylor, aplicando en sus fábricas el modelo conocido como fordismo y basado en la cadena de montaje y el obrero especializado. En la imagen, producción en cadena del Ford T, automóvil que demostró los beneficios del sistema implantado por Henry Ford.

En este periodo, convulso tras la primera crisis del petróleo de 1973, se necesitaban modelos de producción actualizados que superaran las insuficiencias del fordismo. Tales modelos se desarrollaron en la pujante industria japonesa, en un movimiento que ha dado en denominarse toyotismo. El concepto central en torno al cual gira este modelo es el aumento de la productividad por medio de la buena gestión y organización (just in time, o producción de cada elemento «justo en su momento»). De esta forma, el trabajo combinado resultante supera en términos de optimización al individualismo de cada tarea y a la mecanización más o menos estricta que son propios del fordismo tradicional.

La tecnología y sus efectos

En todos los procesos productivos de las actividades humanas subyace un conocimiento técnico que permite no sólo la transformación de los materiales, sino sobre todo la mejora en el rendimiento de dichos procesos. La tecnología que acompaña a la producción depende, por una parte, del conocimiento teórico y práctico de los materiales y sus transformaciones, pero también del empleo de herramientas, máquinas y sistemas crecientemente automatizados que facilitan un uso y un ritmo óptimos de producción.

Desde los primeros inventos de la humanidad, como el dominio del fuego o el arado, la tecnología no ha hecho sino poner en manos de artesanos, obreros y trabajadores de las fábricas instrumentos para realizar sus funciones con menos esfuerzo y mayor rendimiento. Hoy en día, tales tecnologías se extienden a la práctica totalidad de los ámbitos productivos: los materiales, la alimentación, el transporte, las comunicaciones, la industria, la salud o el medio ambiente, por citar sólo algunos campos generales de actividad.

Las revoluciones industrial (desde el siglo xviii) y tecnológica (de los siglos xx y xxi) han cambiado drásticamente los métodos de producción. La mecanización y la automatización que llegaron con la máquina de vapor dieron paso dos siglos más tarde a la informática, la robótica y la biotecnología como pilares de un desarrollo económico espectacular. El aumento en el ritmo de producción y el mejor aprovechamiento de los recursos, con la disminución consiguiente de los materiales residuales de cada proceso, son características propias de las industrias modernas.

No obstante, estos grandes cambios tecnológicos se han acompañado a menudo de no pocas convulsiones sociales. La revolución industrial despobló el medio rural y arrojó hacia las ciudades a grandes masas de obreros no especializados, que sufrieron los efectos de una alteración radical en su modo de vida. La defensa de los derechos de los trabajadores y su asociación en organizaciones sindicales actuaron como moderadores de un proceso que, a menudo, adquirió un cariz dramático.

La evolución tecnológica, fabril y social ha llevado aparejada la defensa de los derechos de los trabajadores cuya máxima expresión organizativa han sido los sindicatos. En la imagen, manifestación obrera en Johannesburgo.

Algo similar puede decirse de la revolución tecnológica surgida en la segunda mitad del siglo xx. Derivada en un proceso de creciente globalización de la economía, obligó a no pocas reconversiones y una extensa reorganización de los procesos productivos. En todos estos casos, a pesar de las dificultades que hubieron de atravesar numerosos individuos y grupos sociales, el resultado fue una sociedad más próspera y un desarrollo económico.

Con todo, el avance tecnológico ha estado sin duda, junto con el progreso de la medicina, en la base de un acelerado crecimiento de población en todo el mundo. La presión demográfica ha provocado un consumo acelerado de los recursos naturales, algunos de ellos, como las fuentes de energía y el agua, esenciales para el sostenimiento humano.

Esta rápida aceleración económica ha derivado en una tensa situación geopolítica, origen de guerras en las regiones productoras de energía, y en un grave problema ambiental. Sin olvidar que no es sino una prolongación de la naturaleza, sin cuyos recursos no podría aplicarse en última instancia, se exigen hoy de la tecnología soluciones que ayuden a multiplicar el rendimiento de los recursos naturales y a aportar mecanismos moderadores de la degradación del medio ambiente y del cambio climático global, una de sus consecuencias más amenazadoras.