Las defensas y el sistema inmunitario

Todos los organismos vivos se ven expuestos continuamente a sustancias que pueden provocarles daño. La mayoría de ellos se protegen a sí mismos frente a estas sustancias con distintos mecanismos que actúan de modo complementario: mediante barreras físicas, como por ejemplo la piel, o con productos o elementos químicos que luchan de modo inespecífico frente a los organismos invasores.

Los seres humanos, como el resto de animales vertebrados, además de estos mecanismos de defensa generales, también presentan un sistema de protección específico que se denomina sistema inmunitario. Está formado por una serie de órganos que trabajan conjuntamente y que tienen unas células capaces de reconocer y destruir sustancias extrañas al organismo. Esta reacción defensiva se denomina respuesta inmunitaria y es la encargada de proteger frente a agentes infecciosos como virus, bacterias, hongos o parásitos. Sin embargo, para que un agente patógeno pueda provocar daño es necesario que la víctima sea sensible y no todos los organismos son sensibles a los mismos microorganismos. Por ejemplo, el virus que provoca el SIDA (síndrome de inmunodeficiencia adquirida) en personas no es capaz de causar daño en ratones, en perros o en gatos. Del mismo modo las personas no son susceptibles a los virus de la leucemia felina, de la enfermedad del moquillo canino o de la viruela de los ratones.

Tipos de inmunidad

Todos los animales tienen un sistema primitivo de defensa frente a patógenos a los que son susceptibles o que pueden ocasionar daños. Esta defensa se llama inmunidad innata o natural e incluye dos tipos: la humoral y la celular. En la inmunidad innata humoral participan distintas sustancias defensivas que se encuentran en los líquidos corporales. Estas sustancias interfieren en el crecimiento y desarrollo de los patógenos o se unen a ellos favoreciendo su eliminación del cuerpo. La inmunidad innata celular es la producida por los fagocitos, que se encargan de destruir a los patógenos.

Algunos agentes patógenos sólo perjudican a especies animales concretas, como ocurre con el causante del moquillo en los perros, que no es capaz de causar daño al ser humano.

La inmunidad innata es inespecífica, esto quiere decir que no va dirigida frente a agentes invasores concretos sino frente a cualquiera que entre en el organismo.

En los animales vertebrados (y, por supuesto, entre ellos el ser humano) existe otro tipo de inmunidad mucho más especializada, la adquirida, que se encarga de reconocer y destruir sustancias específicas. Cualquier sustancia considerada extraña por el organismo (por ejemplo, una toxina) que sea capaz de generar este tipo de respuesta defensiva se denomina antígeno y frente a cada antígeno concreto, los mecanismos de la inmunidad adquirida, a diferencia de los de la innata, son capaces de generar una respuesta inmunitaria específica. Otra característica distintiva de este tipo de inmunidad es la denominada memoria inmunitaria, consistente en que, después de un primer contacto, cuando el agente patógeno intenta de nuevo provocar daño, la respuesta inmunitaria adquirida es más fuerte y más eficaz, debido al «recuerdo» de la experiencia previa, y lo será también en los futuros intentos de invasión. Ésta es la razón por la que en muchas ocasiones, las personas que han sufrido una determinada infección pueden quedar protegidas para siempre frente a ella. Este es el fundamento de las vacunas.

El efecto protector de las vacunas frente a determinadas enfermedades se basa en la llamada memoria inmunitaria, gracias a la cual el organismo es capaz de «recordar» el ataque de determinados agentes patógenos contra los que ya ha luchado y de reforzar las defensas contra ellos.

Tanto la inmunidad innata como la adquirida trabajan conjuntamente para que el nivel de protección y resistencia frente a microorganismos y otros posibles agentes dañinos sea el más elevado posible. Sin embargo, en ocasiones, los mecanismos relacionados con la inmunidad adquirida a veces pueden causar problemas al identificar como «extrañas» a determinadas sustancias (por ejemplo, el polen), provocando en tal caso reacciones alérgicas a las mismas, o generando reacciones adversas en el caso de trasplantes de órganos o tejidos, por considerarlos ajenos al organismo (rechazo).

La inmunidad innata

Muchos de los microorganismos con los que diariamente entra en contacto el ser humano son eliminados antes de que provoquen síntomas de enfermedad. Estos posibles patógenos, entre los que se incluyen virus, bacterias, hongos y parásitos, son muy diferentes entre sí, por lo que es necesario un mecanismo defensivo que le proteja de modo general frente a ellos. El sistema inmunitario innato ofrece este tipo de protección inespecífica mediante un número variado de mecanismos defensivos, que incluyen barreras físicas, como la piel; barreras químicas, como sustancias antibacterianas (principalmente proteínas) que destruyen a los agentes externos, y también células que atacan a aquellas sustancias y microorganismos que reconocen como extraños.

Barreras físicas frente a la infección

La piel y las mucosas que tapizan los sistemas respiratorio, digestivo y genitourinario, constituyen la primera línea de defensa frente a la invasión de microorganismos o parásitos.

La capa de células más externa de la piel se está renovando constantemente, lo que sirve como sistema de limpieza permanente frente a la infección. Además, las glándulas cutáneas secretan sustancias oleosas, entre las que se incluyen ácidos grasos, que pueden matar algunas bacterias. Estas mismas glándulas también elaboran una enzima (que también se encuentra en las lágrimas y en la saliva) que puede destruir la pared de las bacterias. Una piel sana es fundamental para un sistema inmunitario saludable. A modo ilustrativo podríamos indicar lo que ocurre en personas que han sufrido quemaduras cutáneas importantes. La piel ha quedado destruida y bacterias que normalmente no causan daño alguno, en los quemados pueden provocar infecciones graves al no existir ninguna barrera física que impida su entrada en el organismo.

Las mucosas actúan de modo similar a como lo hace la piel. Se encargan de proteger el sistema respiratorio, gastrointestinal y genitourinario, creando una barrera que continuamente se está renovando. Por ejemplo, la mucosa que tapiza el aparato respiratorio presenta células que producen moco y que se encargan de atrapar pequeñas partículas. Otras tienen estructuras a modo de cepillo que mueven este moco y permiten su transporte hacia la parte superior de las vías respiratorias. También se produce moco en el aparato gastrointestinal que ayuda en el tránsito del alimento y también recoge sustancias o partículas nocivas. En el estómago se segrega ácido clorhídrico que es suficientemente fuerte como para matar a la mayoría de los microorganismos que entran por la vía digestiva.

Barreras químicas frente a la infección

Algunos agentes son capaces de atravesar las barreras corporales protectoras y acceder a los tejidos internos, donde se encuentran con distintas sustancias químicas que pueden prevenir y evitar su desarrollo. Algunas de estas sustancias están elaboradas por bacterias que viven habitualmente en el organismo y que lo protegen.

Cuando se produce una quemadura de cierta gravedad la barrera física de la piel desaparece o pierde eficacia frente a las infecciones. De ahí la importancia de curar eficazmente este tipo de lesiones para favorecer su rápida cicatrización.

Existen productos que se elaboran durante procesos naturales del organismo y que, aunque su función principal no es la de proteger, ayudan a repeler posibles infecciones. Por ejemplo, sustancias cuya función habitual es la de proteger del posible daño que originan las enzimas digestivas, inhiben algunas proteínas claves en la multiplicación de bacterias, con lo que limitan su crecimiento. Otro buen ejemplo es el de la transferrina, una sustancia que se encarga de recoger el hierro absorbido en el aparato digestivo y de llevarlo hasta los glóbulos rojos para formar la hemoglobina. Pues bien, con esto no sólo realiza su función, sino que también impide que los microorganismos puedan utilizar dicho hierro, imprescindible para su desarrollo.

En el organismo también se encuentran proteínas antigérmenes cuya misión principal es la defensa. Dentro de este grupo se pueden incluir las proteínas del complemento, los interferones y las secretadas por bacterias que viven habitualmente en el interior del cuerpo.

Las proteínas del complemento reciben ese nombre porque colaboran estrechamente con otros mecanismos defensivos para complementar sus esfuerzos y destruir a los agentes invasores. Una vez activadas, pueden destruir a los organismos infecciosos que no presenten envolturas que les protejan.

Las proteínas del complemento ayudan a destruir las bacterias invasoras creando canales en su membrana. Una vez perforada se llena de líquido y termina estallando.

Los interferones son capaces de inhibir la multiplicación de muchos virus. Las células que han sido infectadas por un virus producen estas sustancias que actúan a modo de señal para que otras células puedan prepararse para resistir la infección. También se encargan de potenciar y mejorar la actividad de distintas células defensivas. En el intestino delgado y en el intestino grueso viven unas bacterias no patógenas en circunstancias normales y que elaboran sustancias que inhiben el crecimiento de posibles gérmenes dañinos.

Defensa celular inespecífica

Puede ocurrir que las barreras físicas y químicas no sean capaces de impedir la llegada de agentes infecciosos. Para ese caso hay células cuya misión es eliminar las sustancias extrañas que entren en el organismo. Dentro de este grupo se incluyen algunas que atacan directamente a los agentes infecciosos y otras que eliminan aquellas células del cuerpo que ya hayan sido invadidas por los microorganismos. Cualquiera de los dos tipos actúa de forma coordinada con los distintos componentes del sistema inmunitario para luchar frente a las infecciones de un modo más eficaz.

Las células del sistema inmunitario innato que atacan directamente a los microorganismos se clasifican en dos grandes grupos: los granulocitos y los macrófagos.

Los granulocitos reciben ese nombre porque contienen numerosos gránulos con productos químicos. Algunos de los gránulos poseen enzimas capaces de romper las paredes de los microorganismos, mientras que otros matan a la célula directamente. Existen tres tipos de granulocitos según las características de estos gránulos: neutrófilos, eosinófilos y basófilos. Los primeros, que son los más numerosos, se encargan de destruir los microorganismos, principalmente las bacterias. Mucho menos frecuentes son los eosinófilos que son eficaces frente a parásitos grandes. Los basófilos, los más escasos, desempeñan un papel importante en determinadas reacciones alérgicas.

Los granulocitos viven muy poco tiempo y se forman de un modo continuo en la médula ósea a partir de unas células precursoras. Llegan a la sangre y son atraídos por los materiales extraños gracias a señales químicas, a veces producidas por los propios microorganismos, a veces por los tejidos que han sufrido daño. Sin embargo, existen algunos agentes que no pueden ser digeridos por estas células, cuya eficacia es limitada y siempre deben recibir apoyo de un mecanismo de inmunidad específica.

Los macrófagos (su forma circulante en sangre se denomina monocito) se encuentran en muchos tejidos, especialmente en el bazo, los ganglios linfáticos y en el hígado. Aquí actúan como filtro para sustancias extrañas y microorganismos. Viven más tiempo que los granulocitos. Se mueven más lentamente y llegan al lugar de la infección después que éstos. Son capaces de digerir sustancias externas, pero lo hacen más lentamente y de modo incompleto. Son capaces de estimular la respuesta inmunitaria específica (a diferencia de los granulocitos).

El otro gran grupo de células defensivas del sistema inmunitario innato es el que se encarga de destruir células del propio organismo que han sido invadidas por microorganismos (principalmente virus) y también las cancerígenas. Se encuentran en la sangre y en los tejidos linfoides. Presentan gránulos con productos químicos que provocan la muerte celular. Su actividad puede verse favorecida por la presencia de interferón.

Respuestas inespecíficas frente a una infección

El organismo dispone de distintos métodos inespecíficos para luchar frente a una infección, todos ellos en el marco de la respuesta inflamatoria, que puede controlar la infección hasta que la respuesta inmunitaria adquirida se haya desarrollado. La respuesta no específica es más rápida pero su actividad no es eficaz frente a patógenos concretos.

Cuando un patógeno consigue invadir el organismo, los macrófagos liberan sustancias que ayudan a combatir la infección. Uno de estos factores provoca la subida de la temperatura corporal, es decir, la aparición de la fiebre que suele acompañar a las infecciones. Éste es un mecanismo útil para la eliminación de bacterias, ya que el crecimiento máximo de las mismas ocurre a temperaturas más bajas. La fiebre es solamente una parte de un mecanismo general de defensa innata. En dicho mecanismo también se produce un estímulo para que el hígado libere distintas proteínas a la circulación sanguínea, las cuales se unen a las bacterias y, de este modo, estimulan a las proteínas del complemento para que las destruyan. Actúan de modo similar a como lo hacen los anticuerpos pero con un rango de actuación mucho más general (los anticuerpos son sustancias específicas frente a patógenos concretos). Algunas de las sustancias liberadas por los macrófagos provocan el aumento del número de neutrófilos y de eosinófilos circulantes, lo que supone una ayuda para la lucha frente a la infección.

Principales órganos y estructuras del sistema inmunitario. Los tejidos del bazo, los ganglios linfáticos y el hígado son los lugares donde se localizan principalmente los macrófagos, unas de las células del sistema inmunitario innato capaces de atacar directamente a los microorganismos invasores.

Si la infección llega a progresar, es frecuente que se produzca daño en el tejido y la aparición de la respuesta inflamatoria. Los signos de inflamación son dolor, enrojecimiento, aumento de tamaño de la zona y fiebre (también provocados por la actuación de los macrófagos). Se produce un aumento de la circulación sanguínea hacia la zona afectada y acuden más células defensivas hasta los tejidos. Las primeras que llegan a la zona inflamada, aproximadamente en una hora, son los neutrófilos y los eosinófilos. Más tarde llegan los macrófagos. Estos últimos eliminan microorganismos, pero también restos de células y tejidos dañados, lo que favorece la curación. Si la infección no logra controlarse, aparecen los componentes de la inmunidad específica o adquirida, anticuerpos y linfocitos T.

La inmunidad adquirida

Desde hace ya mucho se sabe que las personas que han contraído ciertas enfermedades infecciosas y han sobrevivido, generalmente no vuelven a sufrir el proceso. Este hecho ya fue observado por el historiador griego Tucídides, que vio como la gente que sobrevivía a la peste no padecía la enfermedad de nuevo a lo largo de su vida. Este tipo de inmunidad se denomina específica o adquirida.

Esquema del proceso defensivo del organismo frente a las infecciones.

Sin embargo, existen otros muchos cuadros infecciosos, como por ejemplo los de la gripe, la neumonía o las enfermedades diarreicas, que pueden sufrirse una y otra vez, lo que parece entrar en contradicción con lo indicado acerca de la inmunidad específica. Esto ocurre porque muchos agentes infecciosos producen síntomas similares. Así por ejemplo hay más de 100 virus que pueden provocar el conjunto de síntomas que dan lugar a lo que se conoce como resfriado o catarro. La infección por un agente en particular protegerá frente a una posible reinfección por el mismo microorganismo, pero no tendrá ningún efecto protector frente a cualquiera de los otros agentes.

La clave de la inmunidad adquirida reside en un grupo especial de glóbulos blancos, los linfocitos.

Los linfocitos

Son las células que permiten que el organismo sea capaz de distinguir y reaccionar de modo específico frente a casi todos los posibles elementos extraños, incluyendo los que forman parte de los microorganismos. Los linfocitos son una población celular que podría considerarse «dormida», ya que espera la señal adecuada para entrar en acción. Los linfocitos inactivos son células pequeñas que se mueven por todo el organismo transportados por la sangre o la linfa (líquido similar a la sangre pero sin glóbulos rojos). Una persona adulta tiene aproximadamente dos billones (2 × 1012) de linfocitos, de los cuales el 1% se encuentra en el torrente circulatorio. La mayoría se encuentra concentrada en determinados tejidos distribuidos por todo el cuerpo, como son la médula ósea, el bazo, el timo, los ganglios linfáticos, las amígdalas y la mucosa intestinal. Estos tejidos constituyen lo que se denomina sistema linfático. Los órganos o tejidos que contienen un alto número de linfocitos se denominan linfoides.

Sistema linfático y órganos asociados que participan en la defensa del organismo. Los vasos linfáticos se estructuran en un sistema circulatorio similar al sanguíneo por el que discurre la linfa, jalonado de unos engrosamientos de tejido, los ganglios,que actúan como filtros.

Formación de los linfocitos

Los linfocitos se originan a partir de células precursoras inmaduras de la médula ósea (en el feto los linfocitos se forman en el hígado). Durante su desarrollo o procesado adquieren receptores específicos frente a antígenos, aunque algunos de los linfocitos se generan con receptores frente a componentes normales del organismo. Afortunadamente, el sistema inmunitario elimina estos linfocitos, dejando sólo a los que no dañan al organismo y sólo reaccionan frente a agentes extraños. Sin embargo, cuando este proceso no se realiza correctamente, el resultado es una enfermedad autoinmunitaria, en la cual el sistema defensivo ataca a los componentes normales del cuerpo, como si fueran elementos extraños, destruyendo células o tejidos sanos y normales.

Estas células precursoras se dividen continuamente, liberando linfocitos inmaduros al torrente circulatorio. Algunos de ellos viajan hasta el timo, donde continúan multiplicándose y se transforman en linfocitos T. Del timo vuelven a la sangre y alcanzan al resto de órganos linfoides, donde pueden de nuevo multiplicarse en respuesta a estímulos adecuados. Aproximadamente la mitad de los linfocitos son linfocitos T. La mayoría se forman antes del nacimiento y su producción disminuye lentamente durante la edad adulta hasta hacerse muy escasa durante la vejez, momento en el cual el timo es un órgano pequeño y atrofiado.

El timo es un órgano fundamental en la defensa del organismo contra las infecciones, sobre todo durante la infancia. En él se desarrollan los linfocitos inmaduros y acaban convirtiéndose en linfocitos T, que atacan directamente a los agentes infecciosos.

Hay otro grupo de linfocitos que permanecen en la médula ósea hasta su maduración para después pasar directamente a los órganos linfoides. Estos se denominan linfocitos B. También se dirigen después a los distintos tejidos linfoides donde pueden multiplicarse. Al igual que en el caso de los linfocitos T, su formación disminuye con la edad.

Los linfocitos B como los T reconocen y eliminan moléculas extrañas (antígenos) pero lo hacen de modo diferente. Los linfocitos B producen anticuerpos, proteínas que se unen a los antígenos para bloquearlos. Como los anticuerpos se encuentran en los líquidos corporales, la protección que ofrecen los linfocitos B se denomina inmunidad humoral (humor significa líquido). Los anticuerpos actúan frente a los microorganismos cuando éstos se encuentran fuera de las células del cuerpo.

Los linfocitos T no producen anticuerpos pero pueden atacar directamente a los agentes infecciosos que han conseguido penetrar en las células del organismo. Forman parte de lo que se denomina inmunidad celular. En la mayoría de las ocasiones la respuesta inmunitaria implica ambos mecanismos de modo coordinado. Además, ambos tipos de linfocitos pueden activar o mejorar muchas de las respuestas inmunitarias inespecíficas.

Capacidad para reconocer moléculas extrañas

Los linfocitos se distinguen de otras células por su capacidad para identificar moléculas extrañas. Esto se lleva a cabo mediante receptores especiales. Las moléculas extrañas poseen una forma que encaja perfectamente con la forma de su receptor específico como lo harían dos piezas de un puzle o como lo hace una llave con su cerradura.

Los receptores se encuentran en la superficie de los linfocitos (están presentes tanto en los linfocitos B como en los T) y en los líquidos corporales. Solamente los linfocitos B son capaces de elaborar este tipo de receptores que no se encuentran unidos a células: son los anticuerpos.

Se denomina antígeno a cualquier elemento extraño, normalmente proteínas de naturaleza compleja, que se une a un receptor de origen linfocitario. Dentro de los antígenos se encuentran componentes de agentes infecciosos como virus, bacterias, hongos o protozoos y también moléculas localizadas en la superficie de sustancias ajenas al organismo como el polen o las partículas de polvo.

Los linfocitos B se unen a elementos extraños que se encuentran fuera de las células del organismo, mientras que los linfocitos T son capaces de detectar aquellas células que ya han sido invadidas o que son disfuncionales y que podrían escapar al control de la infección. Los receptores de antígeno que se encuentran sobre los linfocitos B son idénticos a los lugares de unión de los anticuerpos fabricados por ellos después de su estimulación.

Los linfocitos son capaces de distinguir cualquier molécula que exista en la naturaleza. Están preparados genéticamente para producir miles de millones de receptores de antígenos diferentes.

Estructura básica de los anticuerpos

Los anticuerpos son proteínas que tienen forma globular, por lo que también reciben el nombre de inmunoglobulinas. En su estructura incluyen una zona que les permite reconocer al antígeno concreto.

Existen distintas clases de inmunoglobulinas: IgG, IgM, IgA, IgD e IgE.

La más abundante de todas es la IgG. Está presente en grandes cantidades en la sangre y en los líquidos corporales. Es la única que puede atravesar la placenta, de manera que la madre puede aportar cierto grado de protección o inmunidad al feto en desarrollo. También está presente en la leche materna, por lo que ayuda en las funciones de defensa del lactante.

La IgM es la primera inmunoglobulina que forman los linfocitos B maduros. Es el receptor de antígeno más habitual de los linfocitos B. Es efectiva para determinados antígenos presentes en las capas externas de las bacterias. Se une a los microorganismos y consigue que estos se agrupen entre sí e impiden su desarrollo.

La IgA es el anticuerpo más importante de muchas secreciones corporales como las lágrimas, la saliva, las secreciones respiratorias e intestinales y el calostro. Existe muy poca cantidad en la sangre. Se produce por los linfocitos B que se localizan en las mucosas. Es la inmunoglobulina que se sintetiza en mayor cantidad en el organismo, aunque es menos estable que la IgG con lo cual su concentración es mucho menor.

No está claro cual es la función de las IgD, aunque quizá pudiera ayudar a determinar qué antígenos son capaces de activar los linfocitos B.

La IgE está presente en muy bajas concentraciones en la sangre. Cuando los antígenos se unen a esta inmunoglobulina, se estimula la liberación de determinadas sustancias químicas involucradas en las reacciones alérgicas. También ayudan en la protección frente a infecciones por parásitos.

En la mayoría de las personas las inmunoglobulinas se encuentran en niveles estables en sangre debido al equilibrio entre su producción y su destrucción. Parte de esta producción se debe a la estimulación antigénica, aunque algunos estudios han demostrado que animales mantenidos en ambientes libres de microorganismos también desarrollan, aunque en menor medida, un cierto nivel de anticuerpos.

Ante un estímulo, los linfocitos B producen inicialmente IgM. Si la estimulación continúa pueden cambiar su secreción hacia IgG, IgA o IgE. Los linfocitos B que ejercen de «memoria» después de una infección, ante una segunda infección, producen IgG o IgA inmediatamente, lo que hará que esta segunda respuesta sea mucho más rápida y eficaz. No se conoce muy bien cómo se equilibra esta producción.

Estructura de los receptores de los linfocitos T

Los receptores de antígenos de los linfocitos T sólo se encuentran en la membrana celular, no pueden liberarse. Una célula típica puede tener hasta 20.000 receptores distintos. La estructura es muy similar a la de los anticuerpos. Esto sugiere que ambos sistemas derivan de un mecanismo primitivo común.

Los receptores de la superficie linfocitaria, los anticuerpos, se unen a los antígenos que se encuentran en la sangre y de ahí se produce su activación y el inicio de la respuesta defensiva.

Los linfocitos T no se pueden unir a antígenos libres en sangre. Sin embargo, sí pueden unirse a proteínas extrañas que se encuentran sobre la superficie de las células. Una vez que un microorganismo ha sido capaz de infectar una célula ya no será accesible a las inmunoglobulinas, aunque sí será susceptible de ser destruido por los linfocitos T.

Existen dos tipos distintos de linfocitos T. Unos se encargan de destruir células cancerígenas y aquellas que contienen agentes patógenos. Otros no son capaces de matar a las células pero sí ayudan a activar otros elementos defensivos, como otros linfocitos o a los macrófagos.

Activación de los linfocitos

A lo largo de su vida un linfocito puede entrar o no en contacto con el antígeno que es capaz de reconocer. Si entra en contacto con él empezará a dividirse dando lugar a un gran número de células idénticas, grupo que se denomina clon. Todas ellas actúan sobre el mismo antígeno que el linfocito original. Un clon contendrá dos tipos de células. Un tipo lo constituyen células activas que producen anticuerpos o que se convierten en linfocitos T, encargados de elaborar la respuesta mediada por células. Pero al mismo tiempo se produce otro grupo células que se denominan células memoria y que quedan formando una especie de reserva. Si el ser humano sufre una segunda infección por el mismo agente patógeno, se activarán estas células memoria de forma que la respuesta será prácticamente inmediata y el proceso puede llegar a no producir síntomas. Ésta es la base de las vacunas, formar células memoria que mantengan protegido al individuo frente a posibles infecciones futuras. En algunos casos esta protección puede durar toda la vida.

Inmunización pasiva

El feto no tiene la oportunidad de desarrollar anticuerpos por si mismo y, sin embargo, cuando nazca va a vivir expuesto a numerosos patógenos. Posee los componentes de la inmunidad innata pero no presenta ninguno de los linfocitos de la madre (podrían reconocerlo como extraño y destruir sus tejidos). Sin embargo, la madre sí aporta anticuerpos, concretamente IgG (que pueden atravesar la placenta). La primera leche producida por la madre, denominada calostro, es muy rica en inmunoglobulinas de los tipos A, M y G, y es fundamental que el bebé la tome para que desarrolle unos mecanismos defensivos adecuados. De este modo su grado de protección será muy similar al que presente su madre. Este proceso se denomina inmunización pasiva. También se produce esta inmunización cuando se realiza una transfusión de linfocitos o de inmunoglobulinas de una persona a otra.

Gráfica que muestra el aumento de la intensidad de la respuesta inmunitaria del organismo tras la administración de una vacunación de recuerdo.

Inmunización activa

Es la base del empleo de las vacunas. Consiste en la administración del agente patógeno modificado de tal manera que sea capaz de estimular la producción de anticuerpos y de linfocitos protectores (que produzca una respuesta inmunitaria) pero que no provoque daño al individuo. La persona elaborará células memoria que estarán preparadas para actuar si el individuo entra en contacto con el microorganismo en el futuro. En muchas ocasiones, para reforzar esta memoria y mejorar la respuesta defensiva se administra más de una dosis de vacuna (vacunación de recuerdo).