Linfocito (ser humano)

Tipo específico de glóbulos blancos que permiten que el organismo sea capaz de distinguir y reaccionar de modo específico frente a casi todos los posibles elementos extraños, incluyendo los que forman parte de los microorganismos.

Los linfocitos son una población celular que podría considerarse "dormida", ya que espera la señal adecuada para entrar en acción. Los linfocitos inactivos son células pequeñas que se mueven por todo el organismo transportados por la sangre o la linfa (líquido similar a la sangre pero sin glóbulos rojos). Una persona adulta tiene aproximadamente dos billones de linfocitos, de los cuales el 1% se encuentra en el torrente circulatorio. La mayoría se encuentra concentrada en determinados tejidos distribuidos por todo el cuerpo, como son la médula ósea, el bazo, el timo, los ganglios linfáticos, las amígdalas y la mucosa intestinal. Estos tejidos constituyen lo que se denomina sistema linfático.

Tipos de linfocitos

Existen dos tipos de linfocitos: los linfocitos B y los T. Tanto unos como otros reconocen y eliminan moléculas extrañas (antígenos) pero lo hacen de modo diferente. Los linfocitos B producen anticuerpos, proteínas que se unen a los antígenos para bloquearlos. Como los anticuerpos se encuentran en los líquidos corporales, la protección que ofrecen los linfocitos B se denomina inmunidad humoral (humor significa líquido). Los anticuerpos actúan frente a los microorganismos cuando éstos se encuentran fuera de las células del cuerpo.

Los linfocitos T no producen anticuerpos pero pueden atacar directamente a los agentes infecciosos que han conseguido penetrar en las células del organismo. Forman parte de lo que se denomina inmunidad celular.

En la mayoría de las ocasiones la respuesta inmunitaria implica ambos mecanismos de modo coordinado. Además, ambos tipos de linfocitos pueden activar o mejorar muchas de las respuestas inmunitarias inespecíficas.

Formación de los linfocitos

Los linfocitos se originan a partir de células precursoras inmaduras de la médula ósea (en el feto los linfocitos se forman en el hígado). Durante su desarrollo o procesado adquieren receptores específicos frente a antígenos, aunque algunos de los linfocitos se generan con receptores frente a componentes normales del organismo. Afortunadamente, el sistema inmunitario elimina estos linfocitos, dejando sólo a los que no dañan al organismo y sólo reaccionan frente a agentes extraños. Sin embargo, cuando este proceso no se realiza correctamente, el resultado es una enfermedad autoinmunitaria, en la cual el sistema defensivo ataca a los componentes normales del cuerpo, como si fueran elementos extraños, destruyendo células o tejidos sanos y normales.

Ciclo de formación, desarrollo y circulación de los linfocitos.

Estas células precursoras se dividen continuamente, liberando linfocitos inmaduros al torrente circulatorio. Algunos de ellos viajan hasta el timo, donde continúan multiplicándose y se transforman en linfocitos T. Del timo vuelven a la sangre y alcanzan al resto de órganos linfoides, donde pueden de nuevo multiplicarse en respuesta a estímulos adecuados. La mayoría de estos linfocitos se forman antes del nacimiento y su producción disminuye lentamente durante la edad adulta hasta hacerse muy escasa durante la vejez, momento en el cual el timo es un órgano pequeño y atrofiado.

Los linfocitos B permanecen en la médula ósea hasta su maduración para después pasar directamente a los órganos linfoides. También se dirigen después a los distintos tejidos linfoides donde pueden multiplicarse. Al igual que en el caso de los linfocitos T, su formación disminuye con la edad.

Capacidad para reconocer moléculas extrañas

Los linfocitos se distinguen de otras células por su capacidad para identificar moléculas extrañas. Son capaces de distinguir cualquier molécula que exista en la naturaleza y están preparados genéticamente para producir miles de millones de receptores de antígenos diferentes. Esto se lleva a cabo mediante receptores especiales. Las moléculas extrañas poseen una forma que encaja perfectamente con la forma de su receptor específico como lo harían dos piezas de un puzle o como lo hace una llave con su cerradura.

Los receptores se encuentran en la superficie de los linfocitos B y T y en los líquidos corporales, si bien solamente los primeros son capaces de elaborar un tipo de receptores que no se encuentran unidos a células: los anticuerpos.

Los linfocitos B se unen a elementos extraños que se encuentran fuera de las células del organismo, mientras que los linfocitos T son capaces de detectar aquellas células que ya han sido invadidas o que son disfuncionales y que podrían escapar al control de la infección. Los receptores de antígeno que se encuentran sobre los linfocitos B son idénticos a los lugares de unión de los anticuerpos fabricados por ellos después de su estimulación.

Los anticuerpos

Los anticuerpos son proteínas que tienen forma globular, por lo que también reciben el nombre de inmunoglobulinas. En su estructura incluyen una zona que les permite reconocer al antígeno concreto. Existen distintas clases de inmunoglobulinas: IgG, IgM, IgA, IgD e IgE.

Ciclo de la formación de anticuerpos hasta su liberación por parte de los linfocitos maduros.

En la mayoría de las personas las inmunoglobulinas se encuentran en niveles estables en sangre debido al equilibrio entre su producción y su destrucción. Parte de esta producción se debe a la estimulación antigénica, aunque algunos estudios han demostrado que animales mantenidos en ambientes libres de microorganismos también desarrollan, aunque en menor medida, un cierto nivel de anticuerpos.

Ante un estímulo, los linfocitos B producen inicialmente IgM. Si la estimulación continúa pueden cambiar su secreción hacia IgG, IgA o IgE. Los linfocitos B que ejercen de "memoria" después de una infección, ante una segunda infección, producen IgG o IgA inmediatamente, lo que hará que esta segunda respuesta sea mucho más rápida y eficaz. No se conoce muy bien cómo se equilibra esta producción.

Los receptores de los linfocitos T

Los receptores de antígenos de los linfocitos T sólo se encuentran en la membrana celular, no pueden liberarse. Una célula típica puede tener hasta 20.000 receptores distintos. La estructura es muy similar a la de los anticuerpos, lo que sugiere que ambos sistemas derivan de un mecanismo primitivo común.

Los linfocitos T no se pueden unir a antígenos libres en sangre. Sin embargo, sí pueden unirse a proteínas extrañas que se encuentran sobre la superficie de las células. Una vez que un microorganismo ha sido capaz de infectar una célula ya no será accesible a las inmunoglobulinas, aunque sí será susceptible de ser destruido por los linfocitos T.

Existen dos tipos distintos de linfocitos T. Unos se encargan de destruir células cancerígenas y aquellas que contienen agentes patógenos. Otros no son capaces de matar a las células pero sí ayudan a activar otros elementos defensivos, como otros linfocitos o a los macrófagos.

Activación de los linfocitos

A lo largo de su vida un linfocito puede entrar o no en contacto con el antígeno que es capaz de reconocer. Si entra en contacto con él empezará a dividirse dando lugar a un gran número de células idénticas, grupo que se denomina clon. Todas ellas actúan sobre el mismo antígeno que el linfocito original.

Un clon contendrá dos tipos de células. Un tipo lo constituyen células activas que producen anticuerpos o que se convierten en linfocitos T, encargados de elaborar la respuesta mediada por células. Pero al mismo tiempo se produce otro grupo células que se denominan células memoria y que quedan formando una especie de reserva. Si el ser humano sufre una segunda infección por el mismo agente patógeno, se activarán estas células memoria de forma que la respuesta será prácticamente inmediata y el proceso puede llegar a no producir síntomas. Ésta es la base de las vacunas, formar células memoria que mantengan protegido al individuo frente a posibles infecciones futuras. En algunos casos esta protección puede durar toda la vida.

Inmunización pasiva y activa

El feto no tiene la oportunidad de desarrollar anticuerpos por sí mismo y, sin embargo, cuando nazca va a vivir expuesto a numerosos patógenos. Posee los componentes de la inmunidad innata pero no presenta ninguno de los linfocitos de la madre (podrían reconocerlo como extraño y destruir sus tejidos). Sin embargo, la madre sí aporta anticuerpos, concretamente IgG, que pueden atravesar la placenta. La primera leche producida por la madre, denominada calostro, es muy rica en inmunoglobulinas de los tipos A, M y G, y es fundamental que el bebé la tome para que desarrolle unos mecanismos defensivos adecuados. De este modo su grado de protección será muy similar al que presente su madre. Este proceso se denomina inmunización pasiva. También se produce esta inmunización cuando se realiza una transfusión de linfocitos o de inmunoglobulinas de una persona a otra.

Intensidad de la respuesta inmunitaria tras la vacuna de recuerdo.

La inmunización activa, por su parte, es la base del empleo de las vacunas. Consiste en la administración del agente patógeno modificado de tal manera que sea capaz de estimular la producción de anticuerpos y de linfocitos protectores (que produzca una respuesta inmunitaria) pero que no provoque daño al individuo. La persona elaborará células memoria que estarán preparadas para actuar si el individuo entra en contacto con el microorganismo en el futuro. En muchas ocasiones, para reforzar esta memoria y mejorar la respuesta defensiva se administra más de una dosis de vacuna (vacunación de recuerdo).