Inmunidad adquirida (ser humano)

    Conjunto de mecanismos de defensa que desarrolla el organismo a medida que se ve expuesto a diversos patógenos. La persona, por tanto, no nace con dichos mecanismos sino que "construye" una defensa específica para ese patógeno y la "recuerda" para ocasiones futuras. El principal elemento de este tipo de sistema inmunológico son los linfocitos.

    Desde hace ya mucho se sabe que las personas que han contraído ciertas enfermedades infecciosas y han sobrevivido, generalmente no vuelven a sufrir el proceso. Este hecho ya fue observado por el historiador griego Tucídides, que vio como la gente que sobrevivía a la peste no padecía la enfermedad de nuevo a lo largo de su vida. Este tipo de inmunidad se denomina específica o adquirida.

    Sin embargo, existen otros muchos cuadros infecciosos, como por ejemplo los de la gripe, la neumonía o las enfermedades diarreicas, que pueden sufrirse una y otra vez, lo que parece entrar en contradicción con lo indicado acerca de la inmunidad específica. Esto ocurre porque muchos agentes infecciosos producen síntomas similares. Así por ejemplo hay más de 100 virus que pueden provocar el conjunto de síntomas que dan lugar a lo que se conoce como resfriado o catarro. La infección por un agente en particular protegerá frente a una posible reinfección por el mismo microorganismo, pero no tendrá ningún efecto protector frente a cualquiera de los otros agentes.

    Esquema del proceso defensivo del organismo frente a las infecciones

    La clave de la inmunidad adquirida reside en un grupo especial de glóbulos blancos, los linfocitos, células capaces de viajar por la sangre pero que en su gran mayoría se encuentran "dormidas" en distintos tejidos como la médula ósea, el bazo o el timo (sistema linfático). Se distinguen de otras células por su capacidad para identificar moléculas extrañas gracias a una serie de receptores especiales (anticuerpos) que se acoplan perfectamente al antígeno, combatiéndolo. Los linfocitos están preparados genéticamente para producir miles de millones de receptores de antígenos diferentes.

    Al mismo tiempo que se activan los linfocitos para producir los anticuerpos específicos para combatir un antígeno en particular, se activan también las llamadas células memoria, las cuales permanecen "en reserva" preparadas para combatir al mismo antígeno en caso de que se produzca una segunda infección. Su acción suele ser prácticamente inmediata y puede que el agente patógeno ni siquiera llegue a provocar síntomas. Las vacunas se basan precisamente en la creación de una reserva de células memoria para combatir infecciones futuras.