Afganistán

La intervención de fuerzas internacionales para acabar con el régimen de los talibanes otorgó a Afganistán el máximo protagonismo informativo en los últimos meses de 2001. Tras la contienda, el país centroasiático afrontaba el nuevo milenio en una penosa situación económica y social, que intentaba ser paliada con la instauración de una base democrática que en muchos aspectos debía ser perfeccionada.

Bandera de Afganistán.

Medio físico

Situada en el centro de Asia, la República Islámica de Afganistán ocupa una superficie de 647.500 kilómetros cuadrados, sin salida al mar. Limita al norte con Turkmenistán, Uzbekistán y Tadzhikistán; al este, una pequeña franja de 76 kilómetros lo separa de China; el resto del área este y todo el sudeste comparten frontera con Pakistán; y al oeste limita con Irán.

Lo más característico de la orografía afgana es la presencia de la cordillera del Hindu Kush, dispuesta transversalmente de nordeste a sudoeste y con cimas que alcanzan los 7.000 metros de altitud (monte Nowshak: 7.485 metros), sólo superadas por el Himalaya. En este sistema montañoso, la actividad sísmica provoca numerosos terremotos y movimientos de tierra. Hacia el oeste de Afganistán se extienden amplias llanuras de estepa y desierto.

Vista aérea de la cordillera de Hindu Kush.

Del Hindu Kush nacen los ríos que fluyen por valles y altas mesetas al norte y sur de Afganistán y que desembocan en lagos u otras redes fluviales. Por el norte, desde la meseta de Pamir, discurre el Amu Daria (el Oxus de la mitología), único río navegable del país, que, además, delimita la frontera con Tadzhikistán y Uzbekistán hasta adentrarse en territorio de Turkmenistán. El Kunduz es uno de los principales afluentes del Amu Daria. En la parte occidental del país, el Harirud abastece el oasis de Herat y, más al sur, el Helmand atraviesa una amplia zona de estepa hasta desembocar en el lago Hamun-e Saberi, en la frontera con Irán. Por la vertiente sur del macizo del Hindu Kush, el curso fluvial más grande es el del Kabul, río que da también nombre a la capital del país y que es subsidiario del Indo.

Lago kárstico de la cordillera de Hindu Kush.

De tipo continental seco, el régimen climatológico afgano es bastante extremo. La temperatura y la pluviosidad están en relación con la altitud. Así, en las regiones más altas los inviernos son muy fríos, con temperaturas inferiores a los 15 ºC bajo cero y con nevadas abundantes. Sin embargo, en las mesetas y desiertos orientales los inviernos son suaves, pero los veranos son largos y muy calurosos, y las precipitaciones no sobrepasan los 50 milímetros.

Flora y fauna

Las peculiares condiciones climatológicas de Afganistán, con temperaturas continentales extremas, determinan una vegetación esteparia, en la que pueden hallarse avellanos, melocotoneros y otros árboles frutales. En la vertiente norte del Hindu Kush crecen algunas especies de coníferas cuya supervivencia está amenazada por la deforestación del hombre, mientras que en el sur del país son características las palmeras datileras.

Camellos y dromedarios configuran las especies faunísticas más abundantes del país. Entre los animales salvajes, destaca la presencia de osos, lobos, guepardos y zorros.

Población

Demografía

A pesar de no disponer de censos de población fiables, se estima que Afganistán cuenta con más de 32 millones de habitantes, una gran parte de los cuales se concentra en torno a la capital y el este y sur del país, en contraste con las altas montañas centrales y los desiertos del sudoeste, que están casi deshabitados. Con las convulsiones políticas y militares de las últimas décadas, a las que vino a sumarse una grave sequía recientemente, un tercio de la población abandonó el país para establecerse como refugiados en los países vecinos. Las tasas de natalidad y mortalidad se mantienen muy altas, y la esperanza de vida al nacer es de tan sólo 50 años. Un número significativo de población vive en el medio rural y el nomadismo continúa muy arraigado. Las mayores concentraciones humanas son la capital, Kabul, con dos millones y medio de habitantes, seguida por Mazar-i-Sharif, Kandahar, Herat (uno de los centros urbanos más antiguos del mundo), Jalalabad y Kunduz, ninguna de las cuales supera el medio millón de ciudadanos.

Herat es uno de los centros urbanos más antiguos de mundo y su mezquita, en la imagen, la más importante de Afganistán.

La composición étnica de Afganistán es muy compleja, debido a que su territorio ha sido lugar de paso y contacto de numerosas civilizaciones desde tiempos remotos. El principal grupo étnico afgano son los pashtunes (42 % de la población total), que se concentran mayoritariamente, junto con otros pueblos de origen persa, al sur de la cordillera del Hindu Kush. Las regiones septentrionales de Afganistán están habitadas por pueblos turcomanos como los tadzhikos (27 %) y los uzbecos (9 %). Las altas montañas están pobladas por hazaras (9 %), de lengua persa. Existen además otras minorías étnicas, como los aimak (4 %) o los baluchis (2 %).

Lengua

Las lenguas oficiales de Afganistán son el persa afgano o dari y el pashtún (mezcla de lenguas indopersas). Un importante grupo de población habla uzbeco y otras lenguas de origen turco. La amalgama de razas facilita que el plurilingüismo esté bastante extendido.

Religión

El islamismo es la región oficial afgana. Predomina el rito sunní, que es seguido por el 80 % de la población. Los chiitas, por su parte, apenas llegan al 19 %. Existen también pequeños núcleos de hinduistas y sijs en la región sureña de Gazni.

Economía y comunicación

Datos económicos

Afganistán es uno de los países más pobres de la Tierra. Treinta años de guerras casi ininterrumpidas han paralizado la economía y destruido numerosas infraestructuras. El 53 % de los afganos se sitúa por debajo del umbral de la pobreza y carece de alimentos, vivienda, agua potable, trabajo, educación y asistencia médica. El nuevo periodo de transición abierto tras la caída del régimen talibán y la llegada de ayuda masiva desde el exterior, aprobada en la Conferencia de Donantes de Tokio en 2002, abren la esperanza al progreso.

Más de un tercio de los afganos viven de la agricultura y la ganadería. La actividad hortofrutícola está concentrada en los valles fluviales cercanos a la capital y en la región de Herat. Su producción se dirige al autoabastecimiento y los mercados locales. Los principales cultivos son trigo, maíz, frutas y frutos secos. Destaca, aunque su volumen no aparezca en ninguna estadística, la producción de opio, fuente de enfrentamiento con la comunidad internacional. En el resto del país, el medio físico sólo permite la existencia de una ganadería trashumante, principalmente ovina, con la que se obtiene una lana de excelente calidad.

Afganos trabajando en una plantación de opio ubicada en el este del país.

Del subsuelo afgano se extrae cobre y carbón. También existen grandes bolsas de gas y petróleo, que han convertido al país en objetivo de las compañías petrolíferas internacionales como lugar de paso de oleoductos y gasoductos. Las escasas infraestructuras, sin embargo, originan que las importantes reservas gasíferas estén poco explotadas.

La industria afgana, de pequeña escala, está orientada al sector agroalimentario y textil. El principal socio comercial es el vecino Pakistán. Una de las prioridades tras la guerra es la mejora de la red de comunicaciones, tarea en la que están empleados los equipos militares de reconstrucción enviados por la coalición internacional.

Comunicación

Los talibanes habían establecido férreas restricciones a los medios de comunicación y prohibieron la televisión y la música. Tras su expulsión del poder, a finales de 2001 Radio Afganistán volvió a emitir en todo el país. En cuanto a utilización de la red, a principios de la segunda década del siglo XXI la cifra de internautas era relativamente escasa: sólo se había registrado un millón de usuarios.

Administración y política

División territorial, formas de gobierno y partidos políticos

Desde el punto de vista administrativo, Afganistán está dividido en 34 provincias (velayat). Por su volumen de población y sus recursos económicos, las más importantes son las de Kabul (donde se asienta la capital), Kandahar y Kunduz.

Vista aérea de Kabul, la capital de Afganistán y de la provincia homónima, y la ciudad más poblada del país.

La vida política de Afganistán sufrió una total transformación desde la expulsión de los talibanes, por lo que los órganos institucionales del país son de muy reciente creación. La Constitución, redactada antes de los comicios de 2004 por un Consejo de Notables (Loya Jirga), define al país como una república basada en los preceptos del islam, defensora de los derechos humanos y la igualdad entre grupos étnicos.

El máximo órgano político afgano es la Asamblea Nacional, que consta de dos cámaras: el Parlamento (Wolesi Jirga), elegido por sufragio universal para un mandato de cinco años, y el Consejo de Ancianos (Meshran Jirga), nombrado por el presidente y los consejos provinciales y locales. Asimismo, los kuchis (afganos nómadas) poseen derechos políticos. A la cabeza del poder judicial está la Corte Suprema.

Dada la reciente vida democrática de la nación, los partidos políticos afganos aún no están muy consolidados. En la actualidad, las formaciones más destacadas son el Partido Islámico de Afganistán, el Partido Liberal Democrático de Afganistán y el Partido Socialdemócrata Afgano. Por otra parte, se hallan repartidos por el país diversos contingentes militares bajo mandato de las Naciones Unidas, con el fin de apoyar la reconstrucción nacional y evitar enfrentamientos entre facciones rivales.

Servicios del Estado

Sólo un 36 % de la población de Afganistán puede leer y escribir, por lo que la educación es una de las prioridades del Gobierno, especialmente de las mujeres, quienes durante años han estado apartadas de toda actividad social.

En el terreno sanitario, el país también muestra grandes deficiencias. La escasez de recursos incide en el alto grado de riesgo de contraer infecciones. Diferentes tipos de diarreas, la hepatitis A y la fiebre tifoidea son las enfermedades más extendidas.

Historia

De los orígenes a la invasión mongola

La situación geográfica de Afganistán, de alto valor estratégico por constituir un cruce de caminos entre el medio y el extremo Oriente y entre el norte de Asia y la India, ha sido un factor determinante en la evolución histórica y política del país. Los imperios persas y los pueblos turcomanos lucharon desde los primeros tiempos por ejercer el control del territorio.

En el 329 a.C., Alejandro Magno conquistó Afganistán y Asia central en su camino hacia la India. Durante los primeros siglos de la era cristiana, Afganistán fue ocupado sucesivamente por los kushan, procedentes del Turkestán, y por los persas sasánidas, hasta que, a mediados del siglo VII, los pueblos árabes llegaron a Asia central e introdujeron la religión islámica.

Tras una nueva etapa de dominación persa, Afganistán entró en un periodo de disgregación feudal que facilitó la invasión de los mongoles, con Gengis Kan al frente. El gran Imperio mongol trasladó en 1405 su capital desde la legendaria Samarcanda (en el actual Uzbekistán) a la ciudad afgana de Herat, donde se estableció una refinada civilización.

Luchas por la emancipación y primeros años del Afganistán independiente

La disgregación del Imperio mongol a partir del siglo XVI llevó a los persas safávidas a controlar el territorio. Contra ellos se alzaron las tribus pashtunes, en lo que constituyó el germen de la identidad nacional afgana. La primera Loya Jirga, esbozo del primer estado nacional, se estableció en 1747.

La rivalidad entre los Imperios británico y ruso durante la era colonial llevó al Reino Unido y a Rusia a acordar una zona neutral en el centro de Asia que evitara los enfrentamientos entre ambas potencias. Así nació, en 1826, la primera autonomía afgana. Británicos y afganos se enfrentaron en sendas guerras en 1842 y 1878. Cuando, en 1893, se trazó la Línea Durand, las tribus pashtunes de Afganistán y Pakistán quedaron definitivamente divididas.

Tras un nuevo conflicto armado, Afganistán adquirió su independencia formal de Gran Bretaña el 19 de agosto de 1919. Los sucesivos jefes del nuevo estado hubieron de enfrentarse al peso de la tradición y de las relaciones tribales en sus tibios intentos por modernizar el país. A pesar de que dos monarcas fueron asesinados y de que varios golpes de Estado provocaron una guerra civil en 1929, el rey Zahir Shah logró en sus cuarenta años al frente de la nación mantener la neutralidad de Afganistán durante la Segunda Guerra Mundial y ampliar la democracia, permitiendo a las mujeres formar parte de la fuerza de trabajo y del Gobierno.

Afganistán bajo control soviético

Sin embargo, a partir de la década de 1960, las tensiones políticas y sociales desataron una espiral de violencia creciente en la que Afganistán ha permanecido hasta el presente. En 1973, Mohamed Daúd, ex primer ministro y pariente del rey Zahir, protagonizó un alzamiento militar con ayuda del Partido Comunista Afgano. La monarquía quedó abolida y se proclamó la república, de la que el propio Daúd pasó a ser presidente. Éste inició una política de acercamiento a la Unión Soviética, de la cual recibió una considerable ayuda económica y militar.

No obstante, los sectores políticos y militares más izquierdistas se aliaron para derrocar a Daúd en un sangriento nuevo golpe de Estado. La propia división interna de la izquierda y la oposición al comunismo de los mulás (dirigentes religiosos), que declararon la yihad (guerra santa), provocaron revueltas en todo el país.

El primer presidente comunista fue asesinado y su sucesor, incapaz de controlar la situación, corrió la misma suerte cuando la Unión Soviética decidió intervenir militarmente en Afganistán en diciembre de 1979. Babrak Karmal, con el apoyo de los soviéticos, se alzó con el poder, mientras que los primeros muyahidín (soldados de la guerra santa) iniciaban la resistencia armada gracias al sustento económico de los Estados Unidos, Pakistán, China, Irán y Arabia Saudí. Afganistán se convertía en frente de batalla de la «guerra fría».

Las tropas soviéticas se mantuvieron en territorio afgano por espacio de diez años combatiendo a la guerrilla islámica, que disponía de sofisticado armamento suministrado por los Estados Unidos. La violencia de los enfrentamientos obligó a buena parte de la población a abandonar sus hogares y buscar refugio en el extranjero. Tras la retirada del Ejército soviético, las milicias anticomunistas continuaron hostigando al Gobierno, ahora en manos del presidente Mohamed Nayibulah, hasta lograr la caída de Kabul en 1992.

Los talibanes en el poder

Las diversas facciones muyahidines lograron un consenso para la formación de gobierno, pero las profundas diferencias políticas y las viejas disputas étnicas acabaron degenerando en un clima de fragmentación, anarquía e inseguridad. Los señores de la guerra, que controlaban las vías de comunicación y el contrabando, se hicieron con el poder efectivo.

En este contexto, el movimiento talibán (ejército de estudiantes) del mulá Omar comenzó a tomar cuerpo en la región de Kandahar, donde contaban con el apoyo de la mayoría pashtún. Los talibanes desarmaron a la población y abrieron vías de comunicación al comercio con los países vecinos. Adoptaron la interpretación más estricta del islam, y se proclamaron defensores del orden y la justicia.

Poco a poco, los talibanes fueron extendiendo su dominio por el territorio afgano, hasta que en 1996 lograron hacerse con la capital, Kabul. Sin embargo, su interpretación extrema de la sharía (ley islámica), que recogía métodos de castigo como la lapidación y la amputación y acabó con las históricas estatuas de los budas de Bamiyán, disgustó a muchos afganos y obtuvo el rechazo de la comunidad internacional, incluidos muchos países musulmanes. El régimen talibán, acusado de favorecer el terrorismo islamista, sólo fue reconocido por Pakistán y Arabia Saudí.

Tras los atentados contra las Embajadas estadounidenses de Kenia y Tanzania en 1998, la potencia americana lanzó un ataque contra las bases de entrenamiento de los terroristas en Afganistán e impuso sanciones financieras al régimen por dar asilo al instigador del ataque, Osama bin Laden.

Los talibanes también se negaron a entregar a Bin Laden tras los atentados de Nueva York y Washington del 11 de septiembre de 2001. En represalia, se organizó la operación «Libertad duradera», en la que una coalición internacional liderada por los Estados Unidos atacó y destruyó a las fuerzas talibanes. En esta guerra, las tropas internacionales contaron con el apoyo en tierra de las fuerzas opositoras afganas de la Alianza del Norte.

La difícil reconstrucción del país

A finales de 2001, eliminado el régimen talibán, una conferencia internacional celebrada en Bonn (Alemania) estableció las bases de la transición política afgana. Una fuerza de pacificación de las Naciones Unidas cuidó de que pudieran darse los primeros pasos democráticos: aprobación de la nueva Constitución por la Loya Jirga y elecciones presidenciales. Tras un periodo provisional de administración interina, los comicios de 2004 dieron la victoria a Hamid Karzai, quien pasó a ocupar la jefatura del Estado.

Continuando la normalidad democrática institucional, en septiembre de 2005 se celebraron elecciones parlamentarias y provinciales. Mientras tanto, las fuerzas de las Naciones Unidas seguían vigilando el proceso de reconstrucción y ayudando al Gobierno a desarmar a las milicias, a controlar las fronteras y a acabar con la producción ilegal de opio.

En los años siguientes, las fuerzas rebeldes de los talibanes obtuvieron avances significativos, tanto en el ámbito territorial como en el de rearme y apoyo desde las regiones fronterizas en la vecina Pakistán. El Gobierno afgano, presidido por Karzai, selló un acuerdo de colaboración con el Ejecutivo pakistaní para frenar el asentamiento rebelde en las montañas limítrofes entre ambos países. Entre tanto, las fuerzas internacionales desplegadas en territorio afgano prosiguieron con su hostigamiento contra los grupos rebeldes, ocasionalmente a través de campañas organizadas de persecución de sus grupos y dirigentes más activos.

En agosto de 2009 se celebraron elecciones presidenciales y provinciales en Afganistán en condiciones muy difíciles por los frecuentes incidentes armados protagonizados por fuerzas rebeldes. La victoria del presidente Karzai con el 55 % de los sufragios se vio ensombrecida por acusaciones de irregularidades y falta de transparencia.

Las hostilidades persistieron en Afganistán en los primeros años de la década de 2010. Desde 2011, las tropas estadounidenses comenzaron a retirarse gradualmente del territorio afgano, en un plan de evacuación de las mismas que habría de completarse según las previsiones a finales de 2014. Otros países con contingentes desplegados en Afganistán anunciaron medidas similares de retirada de sus tropas en un plazo corto. Estos planes abrían incógnitas sobre el futuro de un país que distaba de haber alcanzado la pacificación, en el que los atentados y asesinatos políticos eran frecuentes y donde los talibanes seguían dominando una extensa zona de su territorio.

Durante 2011, el presidente Karzai visitó oficialmente Rusia, en un viaje cargado de simbolismo al ser el primero de un máximo mandatario afgano desde la invasión de Afganistán por la Unión Soviética en 1989. Al mismo tiempo, trabajó por ganarse el apoyo de los clanes tribales para su proyecto político.

A lo largo de la década de 2010 se vivió en Afganistán un dificultoso camino hacia la normalización política. En 2013, el ejército afgano asumió el mando de las fuerzas militares y de seguridad de los contingentes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) desplegados en su territorio, en una acción que preludió el posterior abandono del territorio afgano por las tropas de la OTAN. Aun así, el conflicto seguía activo, y el año 2014 fue el más sangriento en el país, por el número de víctimas mortales, desde hacía más de una década. Ante esta situación, las autoridades estadounidenses decidieron prolongar la estancia de su misión militar, que debería haber concluido en octubre.

En 2014 se celebraron también elecciones presidenciales que habrían de poner fin al largo mandato de Karzai en la jefatura del Estado. Los dos principales contendientes, Ashraf Ghani y Abdulá Abdulá, protagonizaron una reñida pugna electoral, que obligó a celebrar una segunda ronda de los comicios resuelta, como la primera, sin unos resultados concluyentes. Para evitar la paralización política, Ghani y Abdulá suscribieron un acuerdo de compartición del poder. El primero asumió la presidencia en septiembre de 2014. En el primer año de su mandato, los rebeldes talibanes lograron algunas victorias notables en el norte del país y tomaron militarmente las ciudades de Kunduz y Sangin.

Sociedad y cultura

La cultura de Afganistán ha recogido influencias de las distintas civilizaciones que se han establecido en el país. Así, pueden hallarse herencias budistas y helénicas en la escultura, persas en diversas manifestaciones artísticas y árabes en campos como la arquitectura, la música y la fabricación de alfombras o de objetos de cobre.

Afganistán cuenta con un rico patrimonio histórico, que se ha visto muy afectado por la guerra y el periodo de gobierno de los talibanes. En 2001 se destruyeron varias piezas del Museo Nacional de Kabul, algunos lugares históricos de la provincia de Ghazni y los budas gigantes de Bamiyán, excepcionales piezas del siglo V. El extremismo talibán llevó incluso a la prohibición de numerosas actividades culturales y de ocio, como el tradicional vuelo de cometas, el ajedrez y la mayoría de los deportes.