Akhenatón

Rostro esculpido en piedra del rey Akhenatón

Amenofis IV o Amenhotep IV fue faraón de Egipto (h. 1353-h. 1336a.C.) de la XVIII dinastía (1539-1292 a.C.), perteneciente al Imperio Nuevo. Instauró una nueva religión monoteísta, el culto al dios Atón, por el que adoptó el nombre de Akhenatón.

Akhenatón fue hijo de Amenofis III y Tiyi, y sucedió a su padre en el trono con el nombre de Nefer-kheperure Uaenre en una ceremonia que se celebró en Karnak. Estaba casado con su prima Nefertiti, hija de Ay y de Tiyi II. Durante su reinado se produjo una reforma religiosa que suprimió el culto a todos los dioses egipcios y convertía a Atón, el sol, del que provenía la vida, en el único dios admitido. Para algunos historiadores ésta fue la primera vez que se estableció un culto monoteísta en el mundo antiguo. El culto al sol en Egipto no era nuevo, pues prácticamente todos los dioses locales se identificaban con el dios-sol Ra.

La implantación del monoteísmo

El faraón retiró las inscripciones dedicadas a los antiguos dioses y las hizo sustituir por otras dedicadas a Atón, en cuyo honor edificó numerosos templos en todo el país. El nuevo dios sólo se representaba con un disco solar que lo presidía todo. Además construyó una nueva ciudad a la que llamó Akhetatón (“horizonte del disco” o “morada de Atón”) situada donde está la actual Tell el-Amarna a la que trasladó la capital, abandonando Tebas.

El faraón adoptó un nuevo nombre, Akhenatón que significa “útil para el disco”. Este cambió implicaba importantes transformaciones sociales. La casta sacerdotal, tradicionalmente poderosa e influyente, perdía su autoridad y los bienes de los templos que administraban en beneficio del propio faraón. Como los sacerdotes más poderosos eran los de Tebas y su dios Amón el más popular, el proyecto contó no sólo con la oposición de los sacerdotes sino, en general, con la disconformidad del pueblo, que se resistía a abandonar a los antiguos dioses.

Enfrascado en su revolución religiosa, Akhenatón se desentendió de los asuntos políticos y paralizó la expansión imperialista de sus predecesores hasta el punto de que los hititas desplazaron a Egipto en el dominio de Siria y en Fenicia. Los pueblos vasallos o aliados de Egipto reclamaron ayuda al faraón. Sin embargo, la ayuda nunca llegó y, en consecuencia, dejaron de pagar sus tributos y se provocaron algunas revueltas que fueron debilitando el poder de Akhenatón.

Restauración del politeísmo

La presión de los sacerdotes impuso la vuelta al antiguo orden politeísta, y a ellos se les restituyeron los privilegios perdidos. El faraón volvió a cambiar su nombre en honor a Amón (Tutankamón) y llevó la capital a Tebas. La ciudad consagrada a Atón fue abandonada y enterrada por el desierto. La escasa documentación existente no permite saber con exactitud cómo fueron los últimos años de su reinado ni las circunstancias de su muerte. Al parecer sólo tuvo hijas, por lo que le sucedieron dos de sus yernos. Uno de ellos fue Tutankatón.

Arte

El descubrimiento de la tumba del faraón Tutankamón, en 1922, mostró algunas de las características del arte egipcio en el “periodo de Tell el-Amarna”, que introdujo algunos cambios respecto a las representaciones faraónicas anteriores. Frente al hieratismo y la solemnidad de aquéllas, este periodo nos ofrece escenas domésticas de la vida del faraón y un estilo más realista en el que se potenciaron los rasgos más peculiares del personaje, sin idealizarlo. Una de las piezas más representativas es el busto de Nefertiti (Museo de Berlín).