Agresión a la ozonosfera

El uso abusivo de ciertos gases en los aerosoles emite gases perjudiciales para la capa de ozono.

Degradación producida por efecto de diversos factores contaminantes sobre la capa de ozono.

El oxígeno es un elemento fundamental para la vida, ya que gracias a él pueden tener lugar las reacciones de oxidación que originan la energía necesaria para los procesos vitales. Se presenta en dos estados alotrópicos: el oxígeno molecular y el ozono.

El oxígeno molecular, O2, es el oxígeno presente en el aire y es el empleado por los seres vivos para su respiración. Resulta, por tanto, un ingrediente indispensable para diversas reacciones metabólicas.

El ozono, O3, está constituido por la unión de tres átomos de oxígeno. Ya en 1785, el holandés Van Marum observó que el oxígeno sometido a la acción de descargas eléctricas poseía un olor especial y era capaz de empañar el mercurio. Este hecho, también comprobado por Cruikshank en 1801 con el oxígeno preparado por electrólisis, sólo fue explicado por el alemán Schoenbein, al reconocer en 1840 que el mencionado olor característico se debía a la formación de una sustancia especial, derivada del oxígeno, a la que denominó ozono, término que, en griego, significa oler. La estructura de esta sustancia fue determinada en 1863 por Sorel. En el laboratorio, el ozono se logra mediante los ozonificadores, que se componen de dos tubos concéntricos en forma de U, en los que se introduce oxígeno y en cuyo seno se provocan descargas eléctricas. La reacción que tiene lugar es:

3 O2 2 O3

Esta misma reacción se produce en la naturaleza generándose ozono en las capas atmosféricas inferiores, gracias a las descargas eléctricas que acompañan a las tormentas, mientras que en las capas superiores se lleva a cabo por la acción de los rayos ultravioleta.

Precisamente, por este último proceso, el ozono tiene la propiedad de absorber radiaciones ultravioleta, cuyo exceso es perjudicial para los seres vivos, lo cual es de una gran importancia para todos ellos.

En efecto, el Sol emite un enorme flujo de energía radiante que incluye importantes dosis de radiación ultravioleta. A la Tierra se dirige una fracción pequeña de esas radiaciones, pero, aun así, si llegase con toda su potencia, muchas formas de vida actuales no podrían existir. La concentración de ozono en la atmósfera engendra una capa, llamada ozonosfera, que impide que la concentración de la radiación ultravioleta sea letal.

Desde principios de 1985, los científicos han llamado la atención sobre el deterioro de la capa de ozono, al haber observado un “agujero” de la misma sobre la Antártida. Las primeras medidas sistemáticas sobre el ozono se iniciaron al finalizar la Segunda Guerra Mundial con la instalación de una base en el Polo Sur en 1957. De esta forma, se fue dibujando a partir de los datos obtenidos en esta y en otras estaciones, la distribución del ozono a nivel planetario, así como algunas peculiaridades propias de la Antártida.

En mayo de 1985, la revista Nature publicaba un artículo redactado por J. C. Farman en el que se advertía que la capa de ozono estaba disminuyendo en el Polo Sur alarmantemente. Efectivamente, las mediciones realizadas por cuatro estaciones de diferente nacionalidad confirmaron los hechos e, incluso, su carácter progresivo.

El deterioro de la capa de ozono es mayor en los polos y especialmente en la Antártida, debido a que el ozono se forma mayoritariamente en el Ecuador y en los Trópicos, desde donde corrientes de aire lo reparten por toda la atmósfera, de tal forma que si en algún lugar se produce un debilitamiento de la ozonosfera, nuevas aportaciones de regiones vecinas compensarían las pérdidas, pero esta norma general no se cumple en los polos, donde las corrientes de aire quedan bloqueadas. En 1960, Sir Gordon Dobson estableció unas pérdidas del 70% en el Polo Sur y de un 30% en el Polo Norte.

Los principales agentes desencadenantes del deterioro de la capa de ozono han sido los CFC (compuestos clorofluorocarbonados), usados en la industria como propelentes de sprays y en los gases refrigerantes de congeladores, neveras o aires acondicionados. Su contribución está tan fuera de duda que muchos países del mundo occidental, en 1987, firmaron el Protocolo de Montreal, con el que se comprometían a reducir a la mitad la producción de CFC y a la desaparición de los mismos en 2025.

Además del efecto nocivo de los CFC, descubierto por Rowland y Mario Molina, de la Universidad de Irvine, California, otras hipótesis presentan como culpables de la situación a los óxidos de nitrógeno, a restos de radiaciones originadas en las diversas pruebas atómicas que se han realizado desde 1950 e, incluso, a los gases expelidos por los motores de reacción. Además, se ha señalado que en los CFC el agente verdaderamente nocivo es el cloro, el cual se emite abundantemente en las erupciones volcánicas.

No obstante, el hecho de que el máximo desgaste de la ozonosfera se produzca entre la primavera y finales del otoño, para luego descender, con lo que la capa de ozono se restaura de forma notable, ha hecho que Gordon Dobson afirme que se trata de un fenómeno periódico.

Lo verdaderamente cierto es que el hecho se ha producido y que aún no tiene una explicación científica contundente.